No puedo
dejar de pensar
en cuando me dijiste que hacías magia.
Levantaste la pecera con tus manitas
y vaciaste su contenido desde el balcón.
Tenías cinco años.


Me contaste que los peces vuelan
porque tienen alas pequeñitas
escondidas adentro de las branquias.
Surcaron el cielo gris,
listos para vivir aventuras
en un lugar que no conocemos.
 
En la puerta había una carta
de una tía de Caballito.
En la calle había una paloma
aplastada contra el concreto.
En la vereda había un lío
de agua y piedritas de colores,
pero ningún pez a la vista.

No puedo
dejar de pensar
¿cuál es el límite
entre la magia
y la imaginación?