El triunfo de Japón
Cuando Julio se bajó del Renault, la puerta se trabó y tuvo que darle una patada para que cierre bien. Ese taxi había visto días mejores. A las puteadas, acomodó el espejo retrovisor que se había bajado con el golpe. Sacó un trapo del bolsillo de atrás del pantalón y repasó un poco el capó abollado antes de acercarse a saludarme.
-Tenés la rueda baja, Julito -le dije mientras prendía un pucho-. Te va a terminar dejando de garpe si no la inflás.
-Sí, ya la ví. El turro del taller dice que ya no se banca más parches, que vuelva a verlo únicamente cuando tenga la guita para cambiarla. Te meten cualquier verso con tal de cagarte estos hijos de puta.
No dije nada, porque incluso alguien que no sabía un pomo de neumáticos se daba cuenta que los del taxi no daban más. Julio agarró el mate tibio que le cebé y se sentó al lado mío en la escalerita de la farmacia que estaba frente a la parada. La entrada estaba tapiada desde hacía un par de meses, cuando la cosa no dio para más y la cerraron. En esa farmacia había trabajado mi viejo desde que yo era chico hasta casi el último día de su vida, unos cuantos años antes. Verla en ese estado mientras esperaba que saliera algún viaje hacía que se me estrujara el corazón.
Seguí fumando en silencio. Julio sacó el celular y trató de desbloquearlo una, dos, tres veces. El táctil le respondía con retraso y era imposible poner el patrón correcto. Puteó un poco más, pero al final pudo abrir el Facebook y empezar a leer la catarata de memes, noticias y mensajes que le aparecían en el inicio.
Una bocina insistente me hizo sacar la vista del celular de mi compañero. Con la ventanilla baja y el brazo colgando con una botella de Gatorade, Cacho estacionó el Peugeot reluciente justo atrás del Renault de Julio. La diferencia entre el estado de los dos autos era notable. Con una sonrisa socarrona y los lentes de sol tapándole la mitad de la cara, me miró y gritó:
-Che Ernesto, ¿cuando pasan los de la basura? A ver si se llevan esta carcacha de la parada.
-Pero por qué no te vas a la puta que te parió, forro -grito Julio entre risas, agarrándose con una mano la buzarda que le asomaba por abajo del pulover color mostaza.
Cacho bajó del auto, se acomodó el crucifijo por abajo de la camisa y se paso una mano por la aureola de pelo que le quedaba. Agarró el termo de al lado mío, le sacó el mate a Julio de la mano y se lo cebó. Todavía sonriendo, nos empujó un poco y se sentó entre los dos.
-Recién vengo de llevar a una minita que no sabés como estaba, un camión. Mirá.
Nos pasó el celular para que viéramos una foto de la chica de espaldas, abriendo la puerta de una casa. A pesar de la mala calidad por el zoom, se veía que tenía por lo menos treinta años menos que él y un cuerpo impresionante.
-Es feminazi, Cacho, no creo que le guste un viejo católico como vos -dijo Julio al ver el pañuelo verde que le colgaba de la cartera.
-Sabés lo que le falta a las feminazis, ¿no?
-Borrá esa foto antes de que te la encuentre tu mujer y te raje de tu casa de una patada en el culo -interrumpí antes de que termine la idea.
-A mi mujer no le dejo tocar mi celular, no soy un dominado como ustedes -le devolví el celular y sentí un poco de asco al ver que se mordía el labio inferior al ver otra vez la foto-. Ya anoté la dirección de la casa para quedarme por la zona en estos días, a ver si sale algún llamado.
-Escúchense esta -dijo Julio, nuevamente en Facebook, rompiendo el silencio-. "Hace 74 años en Japón caían 2 bombas atómicas. En Argentina, nacía el peronismo. ¡Estos japoneses tienen un culo bárbaro!"
Los tres soltamos una carcajada, que resonó el doble de fuerte en la avenida casi desierta. Una señora mayor llegó mientras nos reíamos y nos miró, intentando descubrir quién era el dueño del Chevrolet que estaba primero en la parada. Me puse de pie, todavía sonriendo, y subí al auto. Tiré el pucho por la ventana y le pregunté hasta adonde iba.
-Hasta San Martín y Córdoba, por favor -dijo la mujer. Se quedó en silencio unos segundos y tras mirar el cartel con el tarifario agregó:- no, mejor dejame un poco antes, en San Martín y Jujuy.
Yo ya no sonreía. Arranqué y lo último que vi en el espejo retrovisor fue a Julio tratando de arrancar el auto para ocupar el lugar que dejé vacío mientras Cacho lo verdugueaba. Mis colegas se fueron haciendo más y más chiquito a medida que me alejaba, y de nuevo me acordé de mi viejo. Pensé que después de ese viaje, mejor me empezaba a quedar en alguna otra parada, más cerca del centro. Ahí están los conductores más jóvenes, más cercanos a mi edad. No se si era la farmacia tapiada o los pocos viajes que salían, pero algo en ese lugar me estaba haciendo mal.

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