La nieve en las montañas de Mendoza
El Dylan se abalanzó sobre el gordo y le dio una trompada con fuerza y bronca en la panza. Su amigo se aguantó las lágrimas como pudo antes de devolvérsela a las puteadas, mientras el Chuki los empujaba entre gritos y risas. Con doce años las peleas a piñas se daban por cualquier boludez, pero desde la muerte de su mamá al gordo los golpes le dolían de manera diferente. A su viejo lo habían echado del laburo pocas semanas después de quedar viudo y desde entonces descargaba la bronca con el cuerpo de su hijo, como antes lo hacía con su esposa.
-Rescatensen un toque, gatos, no escucho una mierda.
Peláez se metió en el medio, interrumpiendo cuando el gordo estaba por encajarle una patada al Dylan. Tenía el celular nuevo en la oreja, tratando de escuchar un audio de WhatsApp. Él insistía con que se lo habían regalado para su cumpleaños, pero sus amigos estaban seguros de que lo había robado en alguna de las excursiones (así les decía él: excursiones) en la moto con su primo, sobre todo porque su cumpleaños había sido hacía cuatro meses y sus viejos no tenían plata ni siquiera para hacerle una torta. Peláez era el más tonto de los cuatro y no sabía mentir, pero igual nadie se animaba a llevarle la contra. Había repetido dos veces de curso, así que como por regla natural se había vuelto el jefe del grupo.
Pasada la euforia de la pelea, mientras Peláez escuchaba el audio con cara de concentración, el Chuki se acercó al gordo y le pasó la mano por la espalda, dándole unas palmaditas amistosas en el hombro. Era el más chico de los cuatro, tanto en edad como en estatura, y para el gordo era como un hermano más chico
-Ya te voy a agarrar solo, gordo puto -el Dylan siguió hablando por lo bajo, mirando con los ojos achinados llenos de bronca pero respetando la autoridad de Peláez y quedándose en el molde. Sus reacciones explosivas pasaban cada vez más seguido. El gordo le hizo fuck you y antes de que la pelea empezara otra vez, Peláez se volvió a meter.
-Era el pelusa -dijo, aclarando la garganta varias veces en un intento de hablar con un tono más grave; era el primero de los cuatro al que le empezaba a cambiar la voz-. Escuchen.
"Eh compa, ¿qué onda? Hoy con el Juli le cortamo’ el pasto al viejo de Caisamar. Te tiró una piola: estabamo’ ahí y llamo a los de la alarma porque no le anda y hoy viaja y no queda nadie en la casa. Así que vofi, si arreglás para garronear, al lado de la cocina hace bocha tiene una ventana con la traba rota. Después me tira’ una astilla, yo me quedo pillo y la re hacemo’."
-¡Eeeeeeeh! Somo’ nosotro’ ran –al Dylan se le había hecho una sonrisa gigante, pero el gordo y el Chuki estaban callados: a diferencia de sus amigos, ellos nunca habían choreado. El Dylan se dio cuenta y aprovechó la oportunidad para cachetearlo una vez más-. Miralo al gordo puto, ya se está cagando encima, nos va a re dejar en banda.
-Dale, gordo, no seas salchicha -esta vez Peláez se sumó y también lo empezó a golpear en los brazos-. Vamos rápido, manoteamos lo que vemos y nos tomamos el palo. No se entera nadie.
-Qué bardean, si yo nunca dije que no. Si cae la yuta rajamos, ¿eh?
-Y si, gordo, no nos vamos a quedar tomando mate -el Dylan miró la hora en el celular-. Metamos guacho.
Los cuatro empezaron a caminar por las calles de tierra de su barrio hasta llegar al baldío cerca de la casa de Peláez, donde habían dejado las bicis. El sol ya casi había desaparecido y el barrio estaba a oscuras. En esa zona del barrio no había luces en la calle, lo único que brillaba eran los fluorescentes a través de las ventanas de las casas con los ladrillos a la vista y a medio terminar que ocupaban las veredas.
-Largá, gordo -dijo el Dylan, casi arrancándole la bici de las manos y subiéndose al asiento-. Nos vamos a caer a la mierda si manejás vos.
El gordo no dijo nada: en lo único que pensaba era en qué diría su mamá si pudiera verlo. El Chuki se subió a la bici de Peláez y empezaron a esquivar charcos en dirección a la casa que iban a robar. Lentamente, el paisaje empezó a transformarse: al cruzar el puente sobre el arroyo contaminado y casi sin agua, el camino dejó de ser de tierra para volverse cemento. Atravesaron calles y avenidas asfaltadas llenas de luces, repletas de casas modernas de dos pisos con jardines gigantes rodeados por paredones, algunos con alambre electrificado o vidrios en la parte de arriba.
-Es acá –dijo Peláez bajando la voz, saltando de la bici y acercando la cara a la verja de madera-. No se ve un choto, vamos a tener que saltar.
Dejaron las bicis en la esquina, escondidas atrás de un árbol, y empezaron a hacerse piecito para pasar al otro lado. Al que más le costó fue al gordo, pero sus amigos lo ayudaron sin burlarse. Cuando todos estuvieron delante de la casa, nadie dijo nada. Lo único que se oía era el ladrido lejano de un perro.
-Activen -dijo finalmente Peláez-, fíjense cuál abre.
Una a una, probaron todas las ventanas hasta que el Dylan encontró la que no tenía traba. Trató de pasar, pero no hubo caso.
-Que pase el Chuki que es el más chiquito.
-Eh, rajá de acá. Mirá si tienen un dogo adentro.
-Dale, forro –el Dylan escupió al piso-. Si tuvieran un dogo ya estaría acá ladrando.
-No seas cagón -dijo Peláez-. Entrás y abrís la ventana de al lado que es más grande y listo.
Protestando por lo bajo, el Chuki se colgó del marco de la ventana. Entre el gordo y Peláez le dieron un empujoncito para que termine de pasar y a los segundos escucharon el “clic” de la otra ventana al destrabarse.
Cuando estuvieron todos con el Chuki, el gordo se chocó contra un mueble en la oscuridad. Algo rodó hasta romperse contra el piso.
-La concha tuya, gordo, dejá de cagarla -dijo Peláez por lo bajo.
-No se ve un choto, prendan la luz.
Peláez, en cambio, prendió la linterna del celular. Con la poca luz del teléfono se dieron cuenta que estaban en la cocina. A unos metros se podía ver una escalera de un lado y un pasillo con varias puertas del otro.
-Si prendemos la luz los vecinos se van a avivar. Gordo, vos quedate acá de campana. Chuki, andá por el pasillo a ver qué hay. Yo y el Dylan vamos arriba a ver si encontramos guita.
Cuando desaparecieron en el primer piso, el gordo no estaba muy convencido. Al Chuki tampoco se lo veía muy contento, pero igual prendió la linterna de su teléfono y se mandó por el pasillo. De pie en la cocina vacía y silenciosa, al gordo lo invadió una sensación de urgencia paralizante. Las sombras extrañas y el ruido de la alarma de un auto afuera lo tenían nervioso: tuvo que recordarse una y otra vez que era o estar ahí hasta el final o ir a su casa a que su viejo le diera con el cinto y al otro día sus amigos lo cagaran a palos. En vez de escaparse respiró hondo y, a oscuras, empezó a revisar todas las puertas y cajones de la cocina, esperando encontrar algo de valor que le diera la excusa de correr a reunirse con el resto. Fue en esa inspección a tientas que llegó a la heladera.
Abrió la puerta y la luz blanca lo obligó a entrecerrar los ojos por unos segundos. Cuando se le acostumbró la vista, se quedó duro: jamás había visto una heladera tan llena de cosas como esa. Víctima de la curiosidad, los nervios y el hambre, empezó a agarrar todo lo que parecía comestible y a llevárselo a la boca.
-Fa, es una nave espacial esto.
El Chuki estaba parado mirando con la boca abierta la cocina que tenía adelante: ahora podía ver que era más grande que cualquier casa en la que hubiera estado antes. Finalmente se fijó en su amigo, que estaba de rodillas bañado por la luz de la heladera, con las manos llenas de ensalada rusa y la boca sucia de mayonesa. Los dos se miraron por un instante, en el que al gordo se le revolvió el estómago pensando que lo iba a buchonear con los otros.
-¿Qué hacés morfando así, gordo boludo? Te va a dar alta cagadera.
El Chuki se rió y el gordo, aliviado, lo imitó.
-Dale, dejá de morfar, agarrá todo lo que puedas de la heladera y vamos al fondo antes de que Peláez nos cague a bifes.
Entre los dos empezaron a llenar las mochilas de la escuela que todavía tenían en la espalda con bandejas de pollo, masitas finas, latas de atún y potes de yogur. Cuando ya no entraba nada más, agarraron una botella de vino blanco abierta y le dieron un trago cada uno, tratando de disimular la cara de asco. Cuando el Chuki no miraba, el gordo se metió un paquete grande de queso rallado abierto en el bolsillo: había escuchado que por kilo era más caro que una 4x4.
-Dale, apuremos o van a bajar -dijo el Chuki, llevándose un frasco de aceitunas en la mano-. Vení que te quiero mostrar algo.
Dejaron la heladera abierta y cruzaron el pasillo al pique. El gordo llegó a ver que las paredes estaban llenas de fotos de una familia feliz y de pronto sintió que se le cerraba el estómago de vuelta. Él no tenía ninguna foto con su mamá, ni tampoco tenía muchos recuerdos de ella sonriendo.
-Esperá acá afuera un toque -dijo el Chuki frenando en el último cuarto, encerrándose con un portazo.
-Dale Chuki -el gordo se estaba poniendo nervioso otra vez. Miró su celular por primera vez y se dio cuenta que, por los nervios, ninguno había controlado a qué hora habían entrado.
-No seas cobani, gordo -grito el Chuki del otro lado. De pronto al gordo le pareció que habían pasado horas. Impaciente, empezó a golpear la puerta.
Cuando el Chuki abrió, no llegó a decir nada que él y el gordo se empezaron a cagar de risa. Se había puesto un camisón enorme de color rojo traslúcido lleno de plumas en el cuello y en las mangas, que de tan largas llegaban casi hasta el piso. La mitad de la cara estaba tapada por unos lentes de sol gigantes, tenía el pelo envuelto en un pañuelo de seda de colores y del cuello le colgaban unos collares de perlas larguísimos. Se había sacado las zapatillas hechas pelota y en su lugar había metido los pies sucios en unos tacos rojos que le quedaban varios números grandes.
-Hola mi amor -dijo poniendo una voz demasiado aguda, caminando con dificultad y moviendo las mangas para todos lados .El gordo no podía respirar de tanto reírse. Le tiró una patada en joda, y al escuchar los pasos de sus amigos arriba intentó ponerse serio otra vez.
-Eh, ya fue, sacate eso y vamos arriba que la quedamos.
-Bancá que hay algo más -dijo el Chuki, llevándolo al cuarto de enfrente mientras se sacaba el camisón y lo dejaba tirado en el piso-. Cuando lo veas te caés de culo.
Entraron a la habitación y prendieron las luces con la naturalidad que cualquiera tiene en su propia casa, olvidándose por un momento de dónde estaban y por qué. Las paredes estaban decoradas con un empapelado de ositos, y de cada lado de la puerta había una cama. El piso alfombrado parecía recién aspirado, y en un rincón del cuarto el gordo notó una caja más grande que los cajones de pescados que su viejo levantaba en el puerto antes de que lo echaran. De ahí sobresalían muchísimos juguetes que sólo había visto en la vidriera de alguna juguetería o en los folletos de propaganda que a veces encontraba en la calle.
-Mirá allá, gordo -dijo el Chuki, tironeándole del hombro con una sonrisita orgullosa.
-¡Noooo! -el gordo se tapó la boca con las manos cuando vio la estación de servicio en un rincón. El Chuki sabía que el gordo siempre había querido tener una así. Al lado, estacionados en fila, había decenas de autitos.
-Son de los que se mueven solos, mirá -dijo el Chuki, agarrando uno y moviéndolo hacia atrás varias veces seguidas antes de soltarlo. El autito salió disparado y se perdió abajo de una cama. El gordo se metió abajo de la cama a buscarlo, y cuando salió vio que el Chuki ya estaba metiendo otro auto en el lavadero de la estación.
-¡Fa, tira agua y espuma de verdad!
El gordo abrió el placard y por un segundo no supo qué agarrar. Debajo de toda la ropa había varias cajas de plástico transparente llenas de juguetes. Estaba por agarrar un balde con ladrillitos del fondo cuando no tan lejos se escuchó un portazo, alguien hablando y pasos fuertes que se acercaban. No llegó a salir del placard que escuchó un vozarrón y un grito ahogado.
-¿¡Qué hacen en mi casa, negros de mierda!?
En la puerta del cuarto estaba el hombre que había visto en los portarretratos, pero sin la sonrisa de alegría y con la cara mucho más roja y arrugada. El viejo había levantado al Chuki como si fuera uno de los peluches que había sobre las camas. Los zapatos de taco alto con los que habían estado jodiendo hasta ese momento cayeron cerca de donde estaba el gordo, pero él no les prestó atención: estaba aplastado contra las cajas del placard, petrificado. No podía sacar la vista del viejo, que seguía agarrando al Chuki del cuello de la remera sucia mientras gritaba y escupía saliva con la cara cada vez más roja. El nene parecía una caricatura absurda con los lentes de sol, el pañuelo y los collares colgando del cuello, llorando y gritando que por favor le suelte. El viejo pareció escucharlo, porque finalmente lo revoleó por el aire. Los autitos que todavía tenía en las manos rebotaron en el piso hasta quedar con las ruedas girando en un rincón, mientras el nene con los mocos colgándole gateaba afuera del cuarto aprovechando que el viejo lo miraba al gordo.
-¿¡Cómo carajo se metieron, villeros hijos de puta!?
El gordo intentó hablar, pero solo le salía aire entrecortado de los pulmones. Tenía la esperanza de que Peláez y el Dylan bajaran corriendo la escalera para ayudarlo, alertados por el Chuki, pero nunca aparecieron.
-Si tuviera un arma les vacío el cargador acá mismo, a ustedes hay que matarlos antes de que nos maten a nosotros.
El hombre llegó adonde estaba el gordo con dos pasos largos y lo sacó de adentro del placard a la rastra mientras lo puteaba a los gritos. El gordo lloraba en silencio, incapaz de registrar ninguna otra palabra. Sintió cómo el cuerpo se le paralizó por completo antes de recibir la primera patada. Mientras se meaba encima, sintió el segundo golpe en la panza. Lo último que vio el gordo antes de desmayarse con el tercer golpe, mientras el viejo lo levantaba en el aire y el dolor en el pecho se expandía como la mancha de orina en su pantalón, fue el queso rallado cayendo desde el paquete abierto en su bolsillo. En ese momento imaginó que seguramente así se veía la nieve en las montañas de Mendoza que siempre había querido visitar porque su mamá había nacido ahí. "Que sueños de mierda tengo", pensó en medio del caos, y después por un tiempo ya no pensó más en nada.

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