Me subí al auto con la respiración agitada, los ojos pesados del sueño y las manos temblando de frío y miedo. La campera de jean era demasiado fina y el invierno no perdonaba.

-Con esas ojeras parecés el Conde Chocula -la voz de mi madre retumbó en el silencio de la noche, a pesar de que habló casi en un suspiro.

Con las dos manos aferradas al volante, me siguió con la mirada mientras me ubicaba en el lugar del copiloto; su rostro se veía demacrado a la luz tenue de los faroles de la calle, marcando aún más las arrugas profundas de su frente. Podía sentir el cansancio y la tensión en cada fibra de mi cuerpo; con tan sólo verla, supe que ella lo sentía de la misma manera.

-Apurate, o vamos a tener que dar explicaciones -mi voz sonó ronca, como si hubiera estado durmiendo. Tal vez se debía al hecho de que eran casi las tres de la madrugada y no pegaba ojo hacía varios días.

-Trajiste todo, ¿no?

Asentí con la cabeza, sintiendo que me pesaba el doble de lo normal. El dolor se intensificaba por momentos, así que cerré los ojos y aseguré la bolsa de plástico entre mis piernas. Escuché el motor del auto fallar una, dos, tres veces hasta finalmente arrancar. Cabeceé y entonces volví a mirar, tratando a toda costa de concentrarme. Tenía que estar alerta y listo para cualquier eventualidad.

El auto ronroneaba rítmicamente en el silencio de la noche, mientras el rosario del espejo retrovisor bailaba al ritmo de una música inexistente. Volví a mirar el rostro de mi madre, embarrado de arrugas y preocupación cuando días antes había sido solo tersura y tranquilidad. Seguimos atravesando las calles casi desiertas de nuestro barrio a gran velocidad, sin emitir palabra. Era extraño verlo todo tan vacío, oscuro y silencioso, como si la ciudad fuera la piel mudada de una serpiente, seca y abandonada. Tomamos la avenida más larga de la ciudad y la cruzamos en segundos, hasta llegar al centro y detenernos en un semáforo. La negrura lo devoraba todo y no había nadie más en el carril que nosotros. Un perro aulló a lo lejos, momento en el que mi madre apoyó la cabeza en el volante y suspiró.

Como si jugase al veo-veo con un amigo imaginario, empecé a mirar los edificios de la cuadra siguiente, buscando cualquier cosa que me distrajera de lo que ocurría dentro del auto. Al instante llamó mi atención el edificio que dominaba la esquina: estaba seguro de haberlo visto en su máximo esplendor días atrás, pero ahora estaba derruido casi por completo, como si hubiera estado abandonado por años. Algunas ventanas de los cuatro pisos estaban tapiadas y un graffiti inmenso cubría la fachada. Me tomó unos instantes entenderlo, hasta que me di cuenta que representaba a una persona inmensa prendida fuego, con un cuerpo desproporcionado e inentendible, como salido de un cuadro de Picasso. Su rostro, ubicado en el piso más alto del edificio, encerraba un realismo inexplicable que hacía particularmente escalofriante ver su expresión eternizada en un grito agónico. La parte inferior, desde su estómago hasta los pies desnudos, estaba totalmente carbonizada, mientras que la superior estaba pintada de un blanco ceniciento y enfermizo, parecido al de la nieve que queda al costado de la ruta en invierno

-¿Conocés la historia de la mujer de la hondonada?

La voz de mi madre se quebró hacia el final de la frase. Tenía los ojos vidriosos fijos en mí: en las córneas brillantes se reflejaban, como si fuesen parte de una película, toda clase de recuerdos terribles. Negué con la cabeza y ninguno de los dos emitió palabra por un rato. Volví a concentrarme en el grafitti del edificio, notando de pronto que dentro del cuerpo negro y carbonizado había cientos de formas y colores, un trabajo muchísimo más detallado de lo que se veía a primera vista. Como si una voz en off me lo relatara, fui reponiendo cada aspecto de esa historia.

En el primer piso, los pies juntos de la persona quemada contenían a un círculo de hombres de una tribu primitiva. Los hombres parecían vivir en armonía, habitando la tierra y cultivándola, pero en un rincón cerca del pie izquierdo del gigante se veía una mujer retorciéndose. Su cuerpo era negro como la noche y sus ojos, de un color amarillo enfermizo, se le salían de las órbitas. Entendí al instante que había sido poseída por un demonio.

-Seguí mirando. No te quedes nada más con el comienzo.

Obedecí y seguí mirando el graffiti. En el segundo piso, sobre su entrepierna lisa y desnuda, podía verse cómo los hombres rodeaban a la mujer poseída, la llevaban a cuestas y la exiliaban de sus tierras. Otrora, la mujer había sido uno de ellos, pero ahora la desconocían y repudiaban.  La mujer parecía mirarlos llena de dolor y decepción, pero no oponía resistencia alguna y se marchaba. Caminaba kilómetros hasta llegar a una hondonada, donde construía su choza y se dedicaba a investigar los alrededores, con la esperanza de descubrir más temprano que tarde cómo exorcizar sus demonios. Las pinturas eran sumamente detalladas y delicadas, tan realistas que por momentos podía verlas moverse frente a mis ojos.

-No vamos a llegar a tiempo. No pierdas el tiempo.

Sentí la adrenalina esparcirse por mi cuerpo, así que continúe recorriendo el edificio con la vista. A la altura del estómago, donde estaba el tercer piso, se veía cómo el rastro de oscuridad se seguía esparciendo por la tribu. Algunos hombres tenían manchas grises en la piel, pero el lider y chaman de la tribu estaba completamente poseído, su cuerpo ennegrecido y su rostro desencajado como lo había estado antes la exiliada. Desesperados ante la epidemia, los hombres de la tribu marcharon a buscar a la mujer a la que exiliaron tiempo atrás, sabiendo que ella había investigado cómo sanar. Se dirigieron a la hondonada en la que vivía para pedirle ayuda, y ella les ofreció su conocimiento con la condición de que también la exorcizaran cuando llegara el momento.

-Apurate. Falta poco para terminar.

Me temblaba incontrolablemente el cuerpo. Me miré las manos a la luz rojiza del semáforo y me pareció verlas grises. Sintiendo que la cabeza me ardía como una caldera, traté de controlar mi respiración y me concentré en el cuarto y último piso del edificio, donde los hombres habían accedido al pedido de la mujer de la hondonada. En pocas horas recolectaron todos los materiales que ella les había pedido y, siguiendo sus instrucciones, crearon un elixir. Para el último paso, se tomaron todos de las manos e invocaron un conjuro que ella les había enseñado para potenciar los poderes de la pócima. Se la dieron de beber a su lider, quien inmediatamente empezó a toser y escupir coágulos, huesos y polvo. Los hombres festejaron con alegría cuando lo vieron levantarse con energías renovadas y su color de piel recompuesto. La mujer se acercó al grupo arrastrándose, pues estaba tan débil que ya no podía controlar sus piernas, pero en lugar de ayudarla los hombres la ataron a una pira y la prendieron fuego en el acto. La mujer se deshizo en explosiones y arena, y entonces entendí que ella era la persona gigante dentro de la cual se contaba la historia. Con un sonido apocalíptico, la estructura del edificio colapsó, cayendo poco a poco hasta que no quedó más de él que una nube impenetrable de polvo y una vibración aguda que me taladraba la cabeza.

-¿Qué pensás ahora?

La voz de mi madre me sacó de un tirón del trance en el que me encontraba. Los temblores se detuvieron, el dolor de cabeza se extinguió y el sonido agudo desapareció. Contesté algo que no logro recordar, como si hubiese alguien usando mi cuerpo como un títere.

-Ese graffiti de ahí atrás deja en evidencia el poder de los medios y las redes sociales. Eso es lo que están haciendo con la gente hoy en día. ¿Sabés la cantidad de chicas trans que murieron en ese edificio, víctimas de esta sociedad enferma? ¿Sos consciente? Por eso teníamos que conocer su historia y destruirlo.


Asentí con la cabeza, sintiendo la tristeza y las ganas de llorar atragantadas. El semáforo cambió de color después de lo que parecieron horas, y con los ojos hundidos denotando su cansancio, mi madre arrancó el auto nuevamente. Mientras dejábamos el centro atrás y nos internábamos en calles de tierra y manzanas enteras de terreno yermo, yo no podía dejar de pensar en las vidas que habían sido desintegradas en el fuego del odio. Habían sido tantas personas golpeadas hasta volverlas cenizas, estallando como había estallado el edificio con la historia de la mujer de la hondonada que no lograba ensayar siquiera un número aproximado.

-Llegamos.

El auto se detuvo con el motor aún en marcha al final de una calle de tierra. El descampado estaba apenas iluminado por las luces del auto y un farol solitario que apenas funcionaba. Delante del auto se alzaba nuestro destino, un cuartito tan diminuto como tétrico de metal. La puerta y las cadenas que la bloqueaban estaban cubiertas por el óxido del tiempo. Iba a bajar, pero me detuve; no podía recordar por qué con exactitud, pero era sumamente importante hacerlo todo bien y a su debido tiempo. Esperé unos minutos hasta que sentí que era el momento correcto, pero cuando me disponía a bajar mi madre se aferró con fuerza a mi brazo.

-Tengo algo muy importante que preguntarte al respecto.

Nuestras miradas se enlazaron con una intensidad agotadora. No tenía tiempo ni energías para eso, y ella lo sabía. Intenté preguntarle de qué se trataba, pero no podía hablar: sentía la boca seca, la garganta llena de polvo, la lengua muerta. Sentía como si una bola metálica bajara lentamente hasta desplomarse en mi estómago. Rompí el contacto visual anes de que pudiera decir o hacer algo más, agarré la bolsa de plástico con el pedido y bajé del auto.

Cuando cerré la puerta con fuerza, el ruido del motor se intensificó. Temblé ante el frío gélido mientras los pájaros empezaban a desperezarse con el sol que se asomaba por el horizonte árido. Avancé hasta la puerta llena de cadenas, escuchando al auto alejarse por donde había venido. Suspiré y cerré los ojos un instante: podía sentir como todo se apagaba a mi alrededor, como si alguien dentro de mi cabeza fuera apagando todos los interrumptores de las funciones corporales. Intenté estirar el brazo ennegrecido para desbloquear los candados y cumplir con la misión que se me había encomendado, pero de pronto mis pies perdieron toda la fuerza que alguna vez tuvieron y caí de cara al suelo. La bolsa golpeó el suelo con un ruido de vidrios rotos y a los pocos segundos pude sentir el líquido chorreando hasta mojar mis pies. Las cadenas cayeron con un golpe seco a centímetros de mi cabeza mientras la puerta metálica se abría de par en par. Lo último que registré antes de perder la conciencia fue una voz lúgubre que me habló desde adentro:

-¿Conocés la historia de la mujer de la hondonada?