Irene
-Sí, boluda, le leí los whatsapp mientras se duchaba. No sabés las guarangadas que le decía. Jorge me está cagando. Cuando me entere quién es...
Irene dejó la frase sin terminar mientras se acomodaba la gorra azul. Lourdes le dio unas palmaditas en la espalda, como intentando reconfortarla, mientras salían del vestuario y caminaban en dirección a la pileta.
-Encima qué incómodo, boluda, es nuestro director técnico. ¿No pensás decirle nada?
-¿Qué le voy a decir, que le leí los chats? No, boluda, ahora voy a tener que esperar. Le dijo que hoy la veía, así que después del partido lo voy a seguir, a ver qué onda.
Lourdes dudó un segundo, sentadas al borde de la pileta y con las piernas adentro del agua. Miró de reojo a sus compañeras de equipo antes de preguntar:
-¿No será alguna de las chicas?
-Fue lo primero que chequeé, pero las tiene a todas agendadas. A la amante no. Además su foto de perfil es la parte de abajo de su cara, tiene un lunar monstruoso. Estoy segura de que la conozco, pero no logro sacar de dónde.
Las jugadoras del otro equipo, todas con gorros blancos, desfilaron del lado contrario de la pileta hasta ubicarse detrás del arco. Jorge salió del vestuario de hombres, con una bermuda demasiado corta y colorida para su edad y sandalias con medias.
-¡Vamos chichis, a darlo todo!
Irene de pronto se sentía una imbécil por haber desperdiciado tantos años con alguien como Jorge. Mientras se preguntaba cómo no se había dado cuenta antes, del otro lado, como fichas de dominó, las chicas del equipo rival se fueron metiendo al agua.
-Bueno, ya sé que es una re paja ami, pero tratá de despejarte y concentrarte en el partido.
Irene respiró hondo, tratando de relajarse y despejar la decepción, la ansiedad y la ira violenta que le hervían por dentro. Escuchó uno a uno los chapuzones de sus compañeras, hasta que le tocó el turno. El agua la fría la relajó casi al instante, como siempre. Buceó un poco hacia abajo para sentir la presión sobre su cuerpo, y cuando emergió ya tenía la cabeza puesta en el juego.
Los dos equipos se alinearon frente a sus respectivos arcos a la espera del sprint del primer cuarto del partido. Cuando el árbitro pitó, Irene se lanzó hacia el centro de la cancha. Intentando evitar que el agua le nuble la vista, se concentró en los rostros de sus rivales más que en la pelota: tal vez era una de esas la que andaba con su marido.
-¡Dale, Irene, activá, activá!
Los gritos de Jorge hicieron que la tensión interna volviera a aflorar. Irene le disputó la pelota a la boya rival, que Ana agarró rápidamente. Aprovechando que Lourdes bloqueaba a una de las defensas, Irene avanzó en dirección al arco. Con tres brazadas, logró esquivar a las otras jugadoras y acomodarse en una posición estratégica. Ana le hizo un pase limpio, que Irene redireccionó antes de saltar con fuerza y ubicar la pelota de lleno en el arco rival.
-¡Qué buen batido! ¡Vamos carajo!
Los gritos de Jorge la alteraban cada vez más. Lo miró ahí al borde, al lado del árbitro, con la panza asomándole por abajo de la chomba y esa sonrisa bobalicona. De repente le dieron ganas de salir a trompearlo.
El primer cuarto transcurrió sin mayores problemas. Lourdes metió dos goles más, socorriendo a Irene mientras ésta buscaba entre la gente de la secretaría y las gradas a alguna mujer con un lunar cerca del mentón. Cuando el árbitro dio por comenzado el entretiempo, Jorge se acercó al borde de la pileta, se arrodilló y puso una mano en el hombro de Cecilia y la otra en el de Ana.
-Bueno, hay que poner más huevo muchachas, venimos bien pero falta concretar más en el lado débil de la cancha. Irene, vos sos la boya, no Lourdes, el equipo depende de vos. Avispate o vamos mal. Vamos que si no reforzamos quedamos afuera del torneo, vamos, vamos.
Irene mantuvo la vista fija en Ana y Cecilia, rastreando sus caras en busca de alguna relación con la cara de la amante de su marido. No había punto de comparación. Sus compañeras volvieron tranquilas al centro dando brazadas suaves, excepto Lourdes, que se acercó adonde estaba ella.
-Estás en otra amiga. Si te sentís mal pedile a Jorge que te reemplace Vani y andate al vestuario hasta que puedas relajar, volvés para el tercer cuarto.
-Estoy bien. Tranqui.
-Las pibas del otro equipo están re calientes, ¿te diste cuenta que nos están re favoreciendo, no? Recién escuché que iban a ir a quejarse con el encargado de mesa.
Irene asintió con la cabeza, aunque no había registrado nada de lo que le había dicho. Desde el lado contrario de la pileta, el árbitro dio una pitada y los dos equipos volvieron a alinearse en cada extremo. Irene se las ingenió para hacer varios goles más, pero cada tanto la vista se le desviaba hacia donde estaba Jorge. Se daba cuenta que miraba demasiado a las chicas del equipo contrario. Irene no podía evitar sentir que entre ellas estaba la amante de su marido. Lourdes le hizo un pase, y antes de que pudiera hacer el lanzamiento al arco, varias jugadoras rivales la rodearon. Dos de su equipo se sumaron e Irene logró deshacerse de la pelota justo a tiempo. Una de sus contrincantes trató de bloquearla poniéndose adelante, y cuando la vio de perfil el pulso de Irene se aceleró. Con toda su fuerza, la empujó al costado para poder verle la cara. La mujer se volteó entre quejas: no había lunar a la vista.
Irene se disculpó y se alejó de ahí. No estaba concentrada y sus compañeras lo notaban. Se quedó un minuto flotando, con la vista perdida, tratando de darse cuenta desde cuándo Jorge la hacía cornuda, hasta que una de las jugadoras rivales le pasó por al lado y vio la pelota volar hasta aterrizar a medio metro de donde estaba ella.
-¡Está en tu lado fuerte! ¡Dale, Irene, dale, dale, metele!
El sonido le llegaba ahogado a través de las orejeras. Tratando de recuperar el control de su cuerpo y de canalizar la bronca en el juego, Irene agarró la pelota y localizó a Lourdes cerca de su arco; con un pase largo se desligó de la pelota. En ese instante le prestó atención a la arquera: tenía algo abajo del labio. Tenía que ser ella.
Rápidamente se desentendió del juego y avanzó hasta llegar al otro extremo de la pileta, cerca del arco. Cuando estuvo ahí se dio cuenta que el de la arquera no era un lunar, sino una verruga, y que además la tenía del otro lado de la cara. La mujer la miró confundida, mientras sus compañeras disputaban la pelota del otro lado y Jorge le gritaba sacado. Como aparecida de la nada, le llegó nuevamente la pelota. Otra vez, se vio rodeada por el equipo contrario. La agarró con una mano y buscó con la mirada a alguna de las chicas, pero de repente todas parecían tener la cara de la mina con la que andaba Jorge, con ese lunar inmundo abajo del labio inferior. Escuchaba los gritos y vio a una de sus rivales acercarse y tratar de sacarle la pelota de un manotazo mientras ella intentaba concentrarse. Podía ver a su marido puteando en el extremo, pero no lograba descifrar qué era lo que decía. Los tres pitidos dieron por finalizado el primer cuarto, y el equipo de Irene se acercó hasta el borde, donde el director técnico las esperaba con la cara roja.
-¿¡Se puede saber qué mierda te pasa, Irene!? ¡Parecés amateur, te vas a hacer expulsar! ¿No te enteraste que no podés tener la pelota más de medio minuto?
El árbitro se acercó y le puso una mano en el hombro a Jorge.
-Señor, le voy a pedir por favor que baje el tono o vamos a tener que pedirle que se retire.
En ese momento, Irene se dio cuenta de algo que no había notado hasta entonces: el arbitro no era hombre, sino mujer. Habían coincidido en múltiples partidos de los Panamericanos, así que la reconoció al instante. No fue hasta que le buscó los ojos que terminó de ubicar a la persona que tenía enfrente.
-¡Sos vos! ¡Sos vos, conchuda!
Como si necesitara confirmación, Irene vio a Jorge empalidecer y a la árbitra mirarlo de reojo, nerviosa de pronto, como buscando qué decir. Con toda la fuerza que pudo reunir, agarró la pelota que todavía sostenía con las dos manos y se la arrojó a la árbitra, dándole de lleno en la cara. La vio caer al piso de espaldas cubriéndose con las manos, retorciéndose de dolor, y sin esperar un segundo más se acercó con dos brazadas al borde. Una vez arriba, abrazó a su marido, dio media vuelta con él en el aire y lo arrojó con todas sus fuerzas al agua. Jorge cayó con un golpe seco, con el sonido que hace alguien que cae de panza a la pileta, pero para entonces Irene estaba completamente anulada. De repente no tenía fuerza ni siquiera para golpear a su marido, que chapoteaba como un perro desesperado enfrente suyo.
-¡El forro de Jorge la caga a Irene con la árbitra!
Con ese grito de guerra, Lourdes puso en tema al resto del equipo, que hasta entonces presenciaban con incredulidad la escena que se desarrollaba enfrente suyo. Instantáneamente le bloquearon el paso y empezaron a empujarlo, hundirlo y darle manotazos, gritando toda clase de insultos.
El equipo contrario apareció de la nada, justo cuando la árbitra se levantaba y entre pitadas gritaba que dejaran a Jorge en paz, que lo iban a ahogar.
-¡Con razón nos estuvo bombeando todo el partido, se voltea a su técnico!
La arquera del equipo contrario se dio impulso con el borde de la pileta y, con un movimiento rápido, agarró a la árbitra del pie y la hundió con ella. El resto del equipo se sumó a la pelea a los gritos, y de pronto las cabezas azules y blancas de las jugadores de ambos equipos se mezclaron en una misma masa de mujeres enardecidas.
Irene se desató el gorro y se lo sacó antes de zambullirse nuevamente en la pileta. Todo el escándalo de la superficie quedó ahogado, mientras veía las decenas de piernas agitándose bajo la superficie. Cerró los ojos y otra vez el peso del agua sobre su cuerpo la hizo sentir liberada, liviana, plena. Cruzó buceando hasta el otro extremo, se sacudió el pelo en el aire y salió. Varias personas se habían acercado de las gradas y la secretaría intentando entender, atónitos, la pelea que se desarrollaba en la cancha. Algunos habían sacado los teléfonos y lo grababan todo. Con una sonrisa cansada, Irene emprendió el regreso al vestuario. Se acordó de su amiga Tati, que hacía boxeo y le había dicho que ella tenía aptitudes. Tal vez era momento de cambiar de deporte.

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