Insectos
Me desperté con un zumbido insistente y la luz del
sol arañándome los párpados. Me refregué los ojos con cansancio, esforzándome para mantenerlos abiertos. Busqué a tientas los lentes en la mesita de luz y,
una vez los tuve puestos, vi al instante a la avispa chocándose desesperada
contra la ventana cerrada.
Tuve la precaución de moverme con sigilo y
pensar con detenimiento cada paso antes de darlo. Tiré en una maceta el agua
turbia que había en mi vaso hacía días y busqué una cartulina lo suficientemente
gruesa. Me acerqué tratando de no alterar a la avispa, y con un movimiento
rápido y seguro la encerré en el vaso. La vi volar furiosa, intentando
escaparse. Por un minuto consideré matarla, pero desistí al instante; no me
proporcionaría ninguna satisfacción. En su lugar, usé la cartulina para separar
el vaso del vidrio, abrí la ventana y dejé que la avispa volara libremente.
Empecé a cambiarme, pero no podía sacarme el
zumbido de la avispa de la cabeza. ¿Cómo había entrado a mi habitación, si no
abría la ventana hacía semanas? Tal vez era una señal divina para que ordenara
finalmente en caos en el que vivía. El olor a encierro empezaba a hacerse más
fuerte, pero mi depresión era tan profunda que yo parecía no notarlo.
Abrí el placard para buscar algo de ropa
limpia y me quedé de pie en el lugar, atónito. El zumbido de los últimos minutos no
había sido producto de mi imaginación: había un panal de avispas gigante en la
esquina superior derecha, justo al lado de la camisa que me regalaste en mi
último cumpleaños. Cerré de inmediato la puerta y me recosté
sobre ella, como si temiera que las avispas fueran lo suficientemente fuertes
como para abrirla.
Me acordé de aquella tarde de verano en el campo de tu tía, cuando por una semana entera nos dedicamos a leer, tomar el sol y juntar limones. Tu tío nos pidió que le diéramos una mano con la poda, porque él ya estaba grande y las rodillas no lo sostenían. Cuando fuimos a buscar las herramientas, abrimos la puerta que da al cuartito y nos encontramos con un avispero lleno de larvas e insectos zumbeantes. Seguro notaste mi expresión de mi incomodidad, porque me pasaste una mano alrededor de los hombros para tranquilizarme. "No le tengas miedo a las avispas" me dijiste, "no te van a hacer nada mientras estés conmigo".
Me acordé de aquella tarde de verano en el campo de tu tía, cuando por una semana entera nos dedicamos a leer, tomar el sol y juntar limones. Tu tío nos pidió que le diéramos una mano con la poda, porque él ya estaba grande y las rodillas no lo sostenían. Cuando fuimos a buscar las herramientas, abrimos la puerta que da al cuartito y nos encontramos con un avispero lleno de larvas e insectos zumbeantes. Seguro notaste mi expresión de mi incomodidad, porque me pasaste una mano alrededor de los hombros para tranquilizarme. "No le tengas miedo a las avispas" me dijiste, "no te van a hacer nada mientras estés conmigo".
Ahora ya no estás conmigo. Ahora, igual que
ese día en mi cuarto, estoy indefenso y a la merced de cualquier avispero
importado directo desde mis recuerdos.
***
Me desperté con un cosquilleo en el brazo y
el ruido de la lluvia inundando mis oídos. Entreabrí los ojos y traté con
fuerza de retener el sueño que había tenido, con el mismo éxito que tiene quien
intenta sujetar un pez mojado entre las manos. Me conformé con las migajas oníricas que pude rescatar y me
resigné a volver al mundo de los vivos. El cosquilleo en el brazo persistía, y
no fue hasta que me rasqué que vi a las hormigas.
En algún momento, entre las cinco de la mañana
cuando me dormí y las once que me desperté, mi cama se había visto invadida por
hormigas negras. Primero pensé que tan sólo eran unas cuantas docenas, pero
parecían multiplicarse por arte de magia hasta ser cientas de miles de
manchitas negras borrosas que correteaban entre las sábanas.
Me levanté y me acomodé los lentes como pude.
Me sacudí los insectos entre golpes y saltos hasta que sentí que el cosquilleo
aplacaba. Entonces corrí la cama y busqué con cuidado el camino de hormigas,
como mi mamá me había enseñado a hacer cuando era chico. Sin embargo, el camino
parecía ser circular: no había un lugar del que salieran o al que volvieran, al
menos no a la vista.
Cuando aún vivías con tus padres, descubrimos
una invasión de hormigas en la cocina. Formaban una fila ordenada; las que
entraban se tomaban un instante para entrechocar las antenas con las que salían.
Recuerdo que me dijiste que así se transmitían sabores, sensaciones,
información y quién sabe qué más. Quién sabe qué más. Yo quise matarlas, pero
vos te negaste. En su lugar, encontraste el paquete de galletitas mal cerrado
al que se dirigían, lo pusiste adentro de un tupper y lo dejaste abierto en el patio, cerca
de la rendija por la que habían estado entrando. En cuestión de un par de
horas, ya no había más insectos en la casa. Recién ahí buscaste el veneno y
cubriste la entrada, para asegurarte de que no volvieran a pasar.
Me desprendí de ese recuerdo y de una última hormiga sacudiendo mi brazo desnudo. No tardé en encontrar los caramelos que
habían quedado perdidos entre las sábanas de aquella cama demasiado grande para
sólo una persona. Las hormigas se alborotaron cuando agarré las golosinas, pero
tuve cuidado de no matarlas. En su lugar, los dejé en el piso, cerca del pie de
la cama. Si estaban atrapadas en el cuarto conmigo, prefería que tuvieran algo
de comer. Eventualmente se acabarían los caramelos y dejarían de entrar, de la
misma manera que en algún momento vos dejaste de entrar por la puerta del que
alguna vez fue nuestro hogar.
***
Me desperté con una sensación de extrañeza y
el olor de la madera hinchada por el calor llenando mis fosas nasales. El
cuarto estaba iluminado por esa luz tan intensa, curiosa y escasa que sucede
ciertos días del año, en cierto momento de la madrugada. El calor me ahogaba,
no sé si porque las estanterías otrora llenas de cosas ahora estaban vacías o
porque el calefactor estaba demasiado fuerte para un día de primavera. Me
desperecé por un rato largo, intentando comprender por qué me sentía tan
descansado y despejado si tan sólo había dormido tres horas, hasta que en la
pared junto a mi cama vi a la vaquita de San Antonio.
Era roja con
pintitas negras, igual a las que aparecen en todos lados aunque en realidad no
sean tan comunes. Caminaba por mi pared sin rumbo fijo, hasta que de repente
desplegó las alas con un zumbido intenso y voló hasta aterrizar sobre mi mano.
Al instante escuché otro zumbido, y otro más, y otro, y cuando me di cuenta
tenía cinco vaquitas de San Antonio caminando sobre mi brazo.
El último día que
nos vimos fue cuando nos fuimos de picnic al parque. Llevábamos una canasta
demasiado llena de cosas para ser solo dos personas, pero creo que era más una
cuestión de puesta en escena que de salir a merendar rodeados por la
naturaleza. Estaba cayendo el sol cuando te tocaste el vientre hinchado y
sonreíste. Una vaquita de San Antonio se había posado sobre tu suéter. Sin
mirarme, me contaste sobre una historia que te contaba tu abuela cuando eras
chica, sobre cómo esos insectos tan peculiares eran siempre quienes anticipaban
tiempos de cambio.
Ese día me miraste a los ojos, me agarraste
de las manos y me dijiste dos palabras terribles. Esas mismas dos palabras dije
al dejar salir a los insectos por la ventana, justo antes de agarrar mis cosas
y cerrar la puerta del cuarto por última vez.
***
Me desperté con una opresión en el pecho y el
sabor a muerto que me queda en la boca seca cada vez que tengo alergia y mi
nariz queda anulada. En la penumbra del cuarto no podía ver mucho, sólo una polilla volando erráticamente y estrellándose una y otra vez contra la luz del pasillo.
Estiré el brazo intentando encontrar el velador, el celular, los lentes, cualquier cosa, pero en cambio me encontré con tu cara. Suspiré con alivio y acaricié tu mejilla cálida antes de respirar hondo, tomar un trago de agua, y volver a cerrar los ojos.
Estiré el brazo intentando encontrar el velador, el celular, los lentes, cualquier cosa, pero en cambio me encontré con tu cara. Suspiré con alivio y acaricié tu mejilla cálida antes de respirar hondo, tomar un trago de agua, y volver a cerrar los ojos.
Esa noche todavía estabas conmigo.

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