Terapia
Lo único
que se escuchaba en la sala de espera vacía era la música funcional,
interrumpida cada un par de minutos por las propagandas de Spotify. Era obvio
que el licenciado Feuer no tenía suficientes ingresos como para pagar una cuenta
premium, ni tampoco una secretaria. El timbre interrumpió la sesión con los
Fernández en el momento menos oportuno, justo mientras ella lloraba y le
reprochaba cosas y él se agarraba la cabeza y repiqueteaba el pie contra el
piso, buscando las palabras indicadas para disculparse. Miró la hora,
distraído: los nuevos pacientes llegaban quince minutos temprano. Antes de
destrabar la puerta con el botón del teléfono fijo, rogó para sus adentros que
fueran una pareja tranquila.
Lola y
Germán entraron a la sala de espera y se sentaron uno en cada punta de la fila
de sillas, sin mirarse. Ella sacó el celular y empezó a tocar frenéticamente la
pantalla, fingiendo estar sola en el lugar mientras tomaba de a sorbitos el
café ya tibio que había comprado de camino al consultorio. Él, por su parte, se
dedicó a analizar detalladamente todos los cuadros y adornos del lugar,
desviando la vista nerviosamente a cada rato para mirarla mientras alguna
canción de jazz genérico les ahogaba los oídos.
-Que conste
que yo no tenía ningún interés en estar acá.
-Sí,
Germán, eso ya quedó claro. No te interesa nada, es justamente por eso que
vinimos.
-¿Te das
cuenta el escándalo que estás haciendo porque no fui a tu casa el otro día?
Estás mal de la cabeza, Lola, más que a un terapeuta tendrías que ir a un psiquiatra.
-Lo único
que te faltaba, tratarme de loca. Sabés que no es por eso, sino porque te
negaste al toque como hacés siempre.
-No me
negué, te dije que prefería que fueras vos a mi casa, porque vivo en la otra
punta de la ciudad y nunca querés ir a verme, ¿o te olvidás de ese detalle?
-Vos
tampoco nunca vas a verme, ¿cuál es el punto? No sé si sabías, pero de mi casa
a la tuya hay exactamente la misma distancia.
-Sí, pero
desde mi casa son dos colectivos y un subte hasta allá, vos podés ir en el auto.
-Claro, ¿y
la nafta y los peajes quien los paga, capo?
Germán
suspiro con fuerza. Estuvo a punto de decirle "tu viejo, como todo lo que
tenés", pero en cambio se quedó en silencio, mirando fijo la réplica de
"El grito" de Munch enfrente suyo. Nunca se sintió más identificado
con una pintura. Se contuvo las ganas de desahogarse, y en cambio contestó con
tanta calma como pudo.
-O sea que
para vos tiene más sentido que yo me coma todo ese viaje a las once de la noche
para ir un par de horas a tu casa.
-Se nota lo
mucho que te importo que es una molesta ir a verme. Te podías tomar un taxi
tranquilamente.
-Sí, ¿y a
la vuelta? ¿Sabés lo que sale un taxi ida y vuelta hasta tu casa? Al otro día
tenía que trabajar. Es fácil hablar cuando te mantienen tus viejos.
-Te podías
quedar a dormir, si total mi casa te queda mucho más cerca del trabajo.
-No me
gusta quedarme a dormir en tu casa, a la mañana tu viejo siempre tiene cara de
orto y se queda mirándome en silencio durante el desayuno.
-Bueno,
sabés qué, si tanto problema es ir a verme a mi casa de vez en cuando y tan
horrenda es mi familia, entonces olvidate del asunto, a la mierda la terapia,
cortemos y ya está.
Lola se
levantó de golpe.Agarró la cartera, el celular y caminó taconeando en dirección
a la puerta. Antes de que llegara, Germán se levantó de un salto y le bloqueó
el paso.
-Siempre
igual de dramática, no se puede hablar de nada con vos. No sé cómo pero te las
ingeniás para que parezca que intento evitar ir a verte.
-No es eso
lo que estoy diciendo.
-Pero es
eso lo que querés inferir.
-No,
querrás decir que es lo que estoy insinuando. Y no estoy insinuando eso, vos lo
inferiste.
-Bancá…
¿qué?
Los dos se
miraron, intentando sin éxito permanecer serios. Fin ente sonaron una carcajada
y la tensión que había dominado la escena se disipó de forma instantánea. Lola
volvió a sentarse, esta vez al lado de Germán, y le tomó la mano con dulzura.
-No puedo
creer que vengamos a terapia por esta boludez. Si vamos a discutir sobre algo,
que sea algo importante, como sobre cuándo nos vamos a vivir juntos, no sobre
quién va a viajar una hora y media para ir a la casa del otro.
Un poco
incómodo, Germán se movió en la silla.
-Pará un
toque, ¿ahora resulta que nos vamos a ir a vivir juntos?
-¿Acaso no
lo vamos a hacer?
-¿Acaso lo
vamos a hacer?
Lola le
soltó la mano con un movimiento brusco. La ternura había desaparecido: ahora
prácticamente lanzaba chispas por los ojos.
-¿Estás
diciendo que no podemos hablar del tema?
-¿Estás
diciendo que no estamos hablando del tema?
-No te
desvíes, Germán, siempre evadís estas conversaciones.
-Y vos
siempre te enredás con palabreríos sin sentido como hiciste recién en vez de
explicar las cosas de forma clara.
Lola
respiró hondo, intentando recuperar la calma. Repasó mentalmente los consejos
de su psicólogo para poder expresarse y no sucumbir ante los ataques de ira, y
con tanta paciencia y lentitud como pudo, siguió hablando.
-A lo que
iba es que el otro día te invité a casa porque me sentía mal porque tuve un mal
día y ya estoy harta de vivir con mis viejos y no tengo trabajo para mudarme
sola, pero vos te pusiste mal porque creíste que yo estaba mal por tu culpa,
cuando en realidad estaba mal por otras cosas y necesitaba que me apoyes, ese
día simplemente te dije que no quería hablar del tema y terminé pensando que
vos pensabas que soy incapaz de decir lo que pienso.
-¿Ves? Ahí
lo hiciste de vuelta.
-¿Qué cosa
hice?
-¡Hablar en
trabalenguas! -Germán se puso de pie y empezó a caminar en círculos, como hacía
cada vez que se ponía nervioso-. Yo jamás pensé eso, vos pensaste que yo
pensaba eso, lo insinuaste, o lo inferiste, o lo que sea. Si me hubieras dicho
de entrada lo que pensabas y que estabas mal porque tuviste un mal día y no
porque yo estaba mal por pensar que vos estabas mal por mi culpa, entonces mi
reacción ante tu reacción ante mi reacción habría sido completamente diferente,
y podríamos haber hablado de mudarnos juntos.
-Bueno,
Germán, siempre termina siendo mi culpa todo.
-Nunca
hablé de culpas, Lola, ¿quién habló de culpas? Estoy hablando del problema central,
que evidentemente es tu incapacidad de expresar lo que sentís.
Al borde de
las lágrimas, sintiendo que estaba abriendo una puerta que había estado cerrada
durante mucho tiempo, Lola siguió hablando, ahora en un susurro casi inaudible.
-No te dije
nada porque tenía miedo de que tuvieras miedo si te decía de irnos a vivir
juntos, y conociéndote seguro inferías que yo tenía miedo cuando simplemente me
daba miedo que a vos te diera miedo.
-No te
entendí un carajo, pero si el problema es convivir con tus problemas, desde ya
te digo que no tengo ningún problema, porque acá claramente el problema real es
la falta de comunicación.
Los dos se
quedaron en silencio unos segundos. La música de fondo parecía mantener la
calma, hasta que una publicidad irrumpió y Lola tomo el impuso para seguir
hablando.
-La verdad
es que la cagué...
-¡No puedo
creerlo! ¿Estás aceptando un error?
-No, estoy
diciendo que la cagué al decirte de venir a terapia porque claramente esto no
tiene solució.
Lola se
paró de golpe, tumbando sin querer la silla por el movimiento brusco. Germán,
aún de pie, intentó nuevamente bloquearle el paso.
-La terapia
no tiene nada que ver, el problema es que no podés admitir que tengo razón...
-Es que no
tenés razón.
-...y
admitir que vos la cagaste primero con tus miedos e inseguridades.
-La cagada
fue desperdiciar tres años de mi vida con un forro como vos.
Sin
pensarlo ni dudar un segundo, Lola coronó su declaración tirándole el vaso de
café frío a Germán en el pecho. Inmediatamente, abrió la puerta y salió a la
calle. El vaso rodó en el charco que se formó en el piso, y Germán no dudó en
seguirla, hablándole a los gritos.
-Lola, pará
un poco, ¿adonde vas? ¡Lola! ¡Ya es nuestro turno, no hagas papelones!
Justo
cuando se hicieron las cuatro, la señora Fernandez abrazó a su marido entre
lágrimas de alivio y felicidad y se escuchó un portazo. Cuando el licenciado
Feuer se asomó para ver qué pasaba, vio la sala de espera vacía, el café
volcado y la silla caída. Mientras intentaba buscar con qué palabras despedirse
de los Fernández ante ese escenario, se dio cuenta de que, definitivamente, era
necesario contratar una secretaria.

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